Me llamaban rebelde...

 Vengo de una familia numerosa.  Cada quién ha decidido el rumbo de su vida. Todos nos mantenemos unidos emocionalmente. 


Yo también decidí.  

De niña me llamaban rebelde, berrinchuda, malcriada, haragana y contestona. Decían que me iba a quedar sin esposo, que no iba a tener hijos porque así "nadie me iba a querer". 

Yo, más rebelde aún.  

Pero no soy una rebelde de aquellas que se desnudan frente a multitudes (aún no llego a ese admirable nivel) ni la que realiza pintas en las calles como protesta (no me sale ni un garabato).  Mi rebeldía es diferente, digna, al igual que todas las rebeldías de las mujeres.  

Siempre me asumí libre, así, sin más.  Fuera de moda, fuera de todo lugar. 

Decidí mis caminos, pedí la bendición y hoy me acompaño de una hija, un hijo y un compañero a quienes amo.  

Me dijeron “no puedo creer, nunca te imaginé como mamá”. 

Mis constantes pensamientos de cómo hacer las cosas me han llevado por caminos diversos.  Inicié y culminé mi carrera universitaria con ayuda de mi padre, mi madre y hermanos/as y a mi propio esfuerzo también. Viví un tiempo en una comunidad del país, allá por la linea que divide a Guatemala de Belice, esa división, precisamente se queda en línea pues la gente se lleva muy bien.  

Y hace poco descubrí que mis manos al igual que las palabras pueden destruir pero también construir. Me llamo humildemente aprendiz de artesana. 

He tenido la dicha de vivir en otros países por largas temporadas y la debilidad de extrañar Guatemala me ha hecho volver a ella. 

Pero entre estos caminos existe uno que ha marcado toda mi existencia y me ha dado la oportunidad de volver a mis raíces, y presentar mi tributo a la cultura a la que pertenezco por ascendencia. Ha sido el llamado de las demás mujeres, que en medio de todas las luchas van levantándose unas con otras en medio de lo que NO DEBE SER, una vida llena de injusticias desde el nacimiento, cuando ven una vulva en lugar de un pene y se lamentan en lugar de celebrar.  

Nunca negaré que los hombres también tienen su cuota de frustración, de dolores rezagados por el machismo ingrato que duele y enoja. Que no los deja llorar, que no los dejan ni siquiera tocar ropa, maquillaje, juguetes, objetos con colores que enamoran a la vista de cualquier niño o niña… Aun así ellos, en medio de su dolor, tienen más ventajas que las mujeres, tienen más puertas abiertas para intentar salir de este torbellino.

En el camino de reconocer mis raíces, nadie me lo dijo pero yo sabía que algo estuvo mal. Solita fui buscando información sobre la historia de Guatemala, lloraba al leer artículos de una revista que salía los domingos en uno de los periódicos del país, compartía la lectura con mi mamá y le preguntaba qué había pasado. Tengo familiares desaparecidos. Las estadísticas hablan de casi un 93% de responsabilidad del ejército, 4% la guerrilla y 3% la violencia común, eso decía un señor sacerdote, Monseñor Gerardi, a quien mataron a los días de presentar un documento histórico para Guatemala y donde se narran -desde los propios testimonios de sobrevivientes- las más crueles formas de destruir a los pueblos.  Un libro que le costó la vida, pero lo que no sabían es que Gerardi era una semilla...

Me llamaban contestona y haragana. Porque me gustaba leer más que hacer, pero mi sangre latía, como diciéndome que yo no podía pertenecer al grupo adormecido. 

Sigo siendo contestona, incorrecta, pero he ido cambiando de estrategia, porque seguir siendo la misma me condena  al pasado y a ese ya le di mi cuota correspondiente.  

Cambiar es bueno, hace bien a todos y todas.  Cambiar sin perder el horizonte, ese que nos enseña que la lucha viene desde abajo, desde las raíces, con los libros de historia bajo el brazo, bajo la almohada pero sobre todas las cosas. 

escrito el 7 de agosto de 2016
En tintero desde el 2009...

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