El dolor en una caja de zapatos

 Hoy fue un día extraño para mí.  Desde que amaneció hasta que terminó, pero quiero y necesito describir la escena que me conmovió, que me partió el alma y me volvió a recordar la lucha contra este cruel sistema social que maneja nuestra vida a su antojo.


Salí del trabajo. Fue una tarde hermosa, el sol impactaba: redondo, grande, naranja, amistoso.  A lo lejos, en una esquina, vi a una persona en la banqueta, intenté buscar más detalles porque percibí algo diferente.  Era un joven, estaba de rodillas, tenía puesto un suéter con capucha (gorro) que le cubría la cabeza y el rostro. A un lado tenía una caja de lustre, era un joven lustrador de zapatos. Con una fila de carros esperando a que avanzara, no me quedó otra opción que hacerlo.  

Avancé una cuadra, pero la escena me inquietó muchísimo así que decidí volver.  Me tomó un poco de tiempo porque en hora pico avanzar doscientos metros implica más tiempo de lo normal. Deseaba que ya no estuviera allí, o, que alguien ya le estuviera acompañando. 

Mientras hacía el último cruce para volver, noté que una señora y un señor lo estaban observando; La señora se acercó a él pero ya no pude ver si conversaron. El semáforo dio verde y avancé.  Volví a pasar frente a él... seguía en la misma posición.  Esta vez puse las luces de emergencia, bajé el vidrio y le pregunté -por costumbre- si estaba bien. Él no pudo responderme, lloraba inconsolablemente, movió la cabeza para que yo entendiera que sí. 

Ambos sabíamos que no lo estaba... Le pregunté si podía ayudarle en algo, pero moviendo la cabeza me dijo que no.  Mi voz se quebró y le dije “animo joven, tenga fuerza” y, no pude evitar decirle “Dios lo bendiga” No por motivos religiosos sino porque desde el fondo de mi corazón deseaba que ese ser de esperanza, pudiera darle el abrazo que no me atreví a darle. Asintió con la cabeza como dando las gracias. Me fui. Nuestro creador lo bendice pero la corrupción lo lastima.

Mis pensamientos se quedaron con él. Pensaba en lo que pudo ocasionarle tantísimo dolor. Pensé en aquel joven, en aquella joven que deja su pueblo para venir a la “gran ciudad” dejando a la madre, al padre, a la compañera, al compañero, dejando su vida por buscar las oportunidades que le fueron negadas en su propio territorio.

Quizá llamó a su casa y le dieron la noticia de que su mamá falleció, quizá ya no pudo despedirse de su papá, o si su hija necesita medicamentos y él no puede comprarlos, ¿Qué hace?.

Este joven, no llevaba libros, no llevaba computadora, no llevaba alegría.  Tenía esa cajita de lustre y en ella, tristeza y dolor al andar por la vida, pensando en el día a día, tragándose las lágrimas.  De rodillas, sin abrazos, sin cariños.  Estaba solo en esta selva de cemento, en esta Guatemala, como dijo Humberto Ak’abal, “en este país pequeño todo queda lejos, la comida, las letras, la ropa…”

Espero que ahora esté en un lugar calientito, que el llanto haya lavado un poco el dolor y que mañana pueda tener fuerza para enfrentar la adversidad. 

Nuestra estancia en esta tierra debería darse con dignidad, pero nos venden la idea de que debemos “ganarnos la vida” como si fuera una lotería o un privilegio. Ese es un discurso gastado del capitalismo romantizando la pobreza. La naturaleza nos da todos los elementos para vivir, pero no nos dejan hacerlo bien, no a la mayoría.  

No pude ayudarlo y eso me da tristeza, espero que al menos con el acompañamiento que damos a otras jóvenes pueda dar mi aporte (aunque sea en una milésima parte) a la causa en la que creo: un mundo justo, un mundo amoroso para todas, para todos.

25 de abril de 2019

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